Ahí espera. Espera que se de.
¿Qué se debe dar? Lo que él desea que se tiene que dar.
Aquel msj que definía todo:
el lugar, la hora, el día.
Ya mira el reloj y se impacienta.
Es un tipo, no es Floricienta.
No lleva vestido azul, sino una camisa negra.
No lleva medias de colores, sino blancas.
No lleva zapatillas de tela, sino zapatos bien lustrados.
Pero espera. Igual que la protagonista de la tira.
Espera por ella,
la que con unos ojos profundos,
una personalidad seductora
y unas piernas ideales lo cautivó.
Lo sedujo hasta la locura,
lo atrapó con esos labios místicos
que susurraron un 'nos vemos pronto' al oído de él.
Faltan 2 minutos, no llega.
El sudor se hace visible en la frente,
los pálpitos aumentan,
los nervios se multiplican,
pensando en si le habrá pasado algo,
o si ella no pensó que tenía que verlo.
Llega la hora. Pero ella no llega.
Él no está tan preocupado como antes.
"A lo mejor se habrá demorado por el tráfico", piensa
y sigue esperando.
Pasan 10 minutos.
Se pone nervioso.
Empieza a considerar una triste posibilidad,
pero mantiene las esperanzas.
Transcurren 20 minutos de la hora fijada.
Ya piensa que lo dejó plantado, los motivos,
recuerda aquellas noches indescriptibles con ella,
pero todavía no entiende.
El reloj marca media hora más que lo acordado.
Triste, desconsolado,
camina a la parada del colectivo
y con suficientes motivos,
regresa a su hogar.
Aquella esquina gris
fue testigo de la espera,
del nerviosismo y de la desazón.
Pero nadie imaginaba
que en medio de esta situación,
en el mismo momento que él se marchaba,
ella apareció.
Vio aquella gran espalda de aquel que la esperó,
lo vio, y sintio un gran dolor.
Aquella noche, en su casa, se puso a rezar
para que él le conteste el mensaje a su celular.